Sangrante caramelo de silencio (A modo de Réquiem)
Alguna vez me hablaron
de un poeta prohibido por ser triste:
vivía y transfundía la amargura
a otros poetas,
a peces,
a panes,
a vendedores de periódicos;
a las moscas y las sillas del café barato
donde los vates se reunían escapando
de los dientes filosos de la tarde.
Ese poeta
era tan triste que los otros
dejaron de invitarlo a los cenáculos,
dejaron de leer sus versos negros
aunque reconocían el talento.
Entonces,
los hemistiquios y las rimas se filtraban
por las cerradas nubes del invierno.
El vate que moría de tristeza
se marchó una tarde.
No respondió llamadas.
Simplemente no estuvo
Su cuerpo transido
dejó de torturar las calles;
de arrebatar palomas negras al silencio.
Un familiar oscuro denunció la pérdida.
No había cadáveres con las manos alzadas.
No había notas
ni fúnebres canciones.
No había sombras o luces del ausente.
No se llevó la ropa,
No se llevó las tardes.
Simplemente no estaba.
Algunos afirmaron
que lo tragó el dolor.
Otros aseguraban
que lo vieron enrolarse en la guerrilla; otros
que desapareció entre esas nubes
de tabaco y smog
que por las tardes se posaban en su pecho.
Hoy el poeta es una sombra
en la mente de algunos.
Circula como débil leyenda
apoyada por fotos arrugadas
en sepia y en color.
Con el tiempo
transformarán su recuerdo
en un sangrante caramelo de silencio
que habría proferido sus églogas amargas
a las oscuras lunas
de noviembre.
GOCHO VERSOLARI





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